/ Mayo-Junio 2025 8 30 aniversario revista FSL Jaime Sáez de la Llave Subdirector de la revista ‘Formación de Seguridad Laboral’ Con este número especial, celebramos el aniversario de ‘Formación de Seguridad Laboral’. Como subdirector de esta publicación, y tras dos décadas dedicadas por mi parte al periodismo especializado en seguridad y salud laboral (de ahí el titular de esta carta), quiero aprovechar para compartir algunas reflexiones que considero necesarias. No están todas, por cuestión de espacio, pero son las que importan y me ‘duelen’. Mi primer pensamiento –y el más relevante– es para quienes ya no están. Para los trabajadores fallecidos en accidentes laborales, y para sus familias, que sufren una pérdida injustificable. “Nadie debería morir por trabajar; tampoco enfermar”: esta es una premisa básica, y sin embargo, cada día sigue ocurriendo. Si aún hay muertes, lesiones, enfermedades físicas y mentales causadas por el trabajo, es porque todavía queda mucho por hacer. Por otra parte, desde mi trabajo como periodista, he visto cómo la siniestralidad laboral es muchas veces un tema invisible fuera del sector. No tiene el espacio que merece en la agenda pública ni el rigor que requiere en los análisis. Además, frecuentemente se difunden narrativas simplificadas o confusas, como cuando se asocia el absentismo laboral a conductas delictivas, sin distinguir entre ausencias justificadas (por enfermedad profesional, por ejemplo) y otras situaciones que nada tienen que ver. En cuanto a la conciliación laboral, a menudo se cae en la trampa de acotarla únicamente a quienes tienen hijos o familiares dependientes a su cargo. La conciliación no debe entenderse como un beneficio excepcional, sino como un derecho inherente a todo trabajador, independientemente de su situación personal. Del mismo modo, el debate sobre la desconexión digital incurre en redundancias. El propio contrato laboral ya fija los márgenes de la jornada de trabajo, con una hora de inicio y de final. Reforzar la necesidad de “desconexión” no debería significar crear nuevas normas, sino hacer valer las que ya tenemos. Lo importante no es acumular regulaciones, sino garantizar que se respeten las que existen. Tampoco podemos seguir ignorando la violencia psicológica que sufren muchos trabajadores, atrapados en entornos tóxicos donde ir a trabajar es una tortura. Frente a esto, no se puede responder con un paternalismo –basado en confiar en la “buena fe” de que al empleado “se le tratará bien”–, ni mucho menos con medicamentos que pretenden que el trabajador “se resigne”. Deben existir leyes claras y mecanismos efectivos de protección, para que quienes denuncien estas situaciones no sean estigmatizados como conflictivos: así como nadie debe morir en el trabajo, nadie debe sufrir por trabajar. Ambas cosas importan por igual. Y qué decir de los técnicos y profesionales de la prevención, un colectivo muchas veces tristemente olvidado. Soportan salarios bajos, jornadas interminables, exceso de burocracia y una carga de responsabilidad desmedida. Son pieza clave del sistema preventivo y, sin embargo, no siempre reciben el reconocimiento ni las condiciones laborales que merecen. Prevenir con precariedad es una contradicción que debemos resolver. No quiero cerrar esta carta sin aludir a una necesidad urgente: una reforma de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. Pero no una reforma desde los despachos, sino desde el terreno, incluyendo a quienes conocen la realidad del día a día, a los que respeto y admiro. Por todo ello, a todos los que hacéis de la prevención vuestra razón de ser, os doy las gracias, hoy y siempre. Contáis con un aliado en mí para continuar comunicando en seguridad y salud laboral. Nadie debe morir ni sufrir por trabajar: 20 años escribiendo para que eso no ocurra
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